LOS ARCANOS DE LA CIUDAD
Desigualdad bajo el mismo sol
Por José Pérez Linares
Hay tardes de mayo en la Ciudad de México en que la luz cae con una benevolencia engañosa. Bajo la sombra de los árboles en el Circuito Ámsterdam y sobre la arboleda de Avenida Durango, la capital adquiere por unas horas un aire de temporada amable. Mesas sobre la banqueta bajo sombrillas, jardines detrás de viejas rejas, corredores que avanzan sin apuro bajo la sombra, paseantes que alargan el trayecto de sus perros como si quisieran retener la tarde: la ciudad —tan severa en otros meses— parece concederse una tregua. Se camina sin prisa. Se ocupa la calle con un ánimo casi festivo. Hay en el ambiente una ligereza luminosa, una sensualidad discreta, como si el verano, en su primer gesto, viniera a recordar que la vida urbana también puede sentirse placentera. El calor, en ese rostro, embellece.
Hace más suaves los movimientos, más largas las sobremesas, más tentador el paseo sin destino. Las heladerías vuelven a tener fila en la puerta, las bancas bajo árboles maduros encuentran ocupante, y al caer la tarde una brisa leve consigue, por un instante, que la capital parezca reconciliada consigo misma.
Pero esa es apenas una cara del verano. Existe otra bajo el mismo sol. Quien recorre la ciudad dentro de un automóvil moderno viaja en una cápsula climática donde el rumor exterior apenas llega como paisaje distante. Afuera el pavimento reverbera; adentro, el aire fresco vuelve dócil la estación. El verano puede contemplarse desde el cristal como se mira una tormenta lejana: visible, pero casi ajena.
Muy distinta es la travesía de quien desciende al Metro a la hora pico. Ahí abajo, el calor deja de ser estación y se convierte en prueba. Andenes colmados. Aire espeso. El olor seco del metal caliente. Ventiladores que sólo desplazan una bocanada tibia. Vagones densamente ocupados donde el aire no se respira: se mastica. En jornadas extremas se han registrado temperaturas superiores a los cuarenta grados en estaciones y convoyes. Cuarenta grados sostenidos por miles de cuerpos que siguen avanzando porque no tienen otra alternativa.
No es el mismo calor. Tampoco cae igual sobre todos.
En barrios arbolados del centro poniente, donde la sombra amortigua el sol y los jardines todavía refrescan el entorno, la temporada puede vivirse como una estación amable. En otras zonas densamente pobladas del oriente, donde el concreto se extiende con menos tregua vegetal y el agua suele convertirse en preocupación cotidiana, el calor adquiere otro peso: se vuelve cansancio acumulado, inquietud doméstica, administración rigurosa de cubetas, tinacos y reservas.
Dos ciudades comparten el mismo verano. Una busca sombra agradable. La otra busca agua. Una se desplaza con clima artificial. La otra desciende al calor subterráneo. Una pasea la estación. La otra la resiste. Y ambas pisan el antiguo valle del agua.
Ese calor que devuelve el pavimento tiene algo de memoria enterrada. Alguna vez, bajo estas avenidas, no hubo una plancha mineral sino un sistema vivo de lagos, canales y acequias. Donde hoy corre el asfalto corría el agua; donde hoy sube el polvo, hubo lodo fértil; donde hoy el concreto guarda calor como una piedra encendida, la tierra respiraba humedad. Luego vinieron la desecación, los ríos entubados —el Río de la Piedad, el Río Churubusco, el Río Consulado— y la larga obsesión por pavimentar el valle hasta volverlo una inmensa caja de resonancia térmica.
Hoy la capital paga esa herencia. Alguna vez esta fue una ciudad de agua. De reflejos, canales, humedad en la tierra y una vida acompasada por la respiración del valle. Hoy es una inmensa plancha mineral que guarda calor durante el día y devuelve cansancio por la noche.
Lo más inquietante no es que la ciudad se haya secado. Es que también se ha acostumbrado a repartir la frescura como privilegio… y la sed como destino.
